Santiago Motorizado : la épica de lo vulnerable

ENCUENTRO – En un subsuelo parisino, Santiago Motorizado convirtió la melancolía en comunión y el humor en resistencia. 

26 de febrero, 18 hs. Poco a poco comienza a llenarse el bar La Mécanique Ondulatoire en París. Entre pintas y acentos rioplatenses, el clima se vuelve espeso: hay ansiedad, pero también esa complicidad silenciosa que se da cuando una diáspora se reconoce en la música. Esta vez, el motivo es Santiago Motorizado, que trae su proyecto solista a un formato íntimo, casi doméstico, lejos de los festivales multitudinarios.

Cerca de las 19 hs hacen pasar al público al sótano: un espacio abovedado de piedra, angosto y largo, donde desemboca el escenario. El contraste entre la arquitectura “medieval” y las luces saturadas construye una escena de extrañeza perfecta: un espacio ideal para la épica sensible de Santiago.

La apertura corre por cuenta de Brave Bête, que con carisma y desenvoltura logra meterse al público en el bolsillo. Su versión de “Todas las hojas son del viento”, de Luis Alberto Spinetta, funciona como punto de conexión: una invocación necesaria antes del plato fuerte.

El frontman y su reverso

La banda aparece, literalmente, desde el público, el gesto ya marca la tónica: cercanía, complicidad, cero solemnidad. El arranque con “Soy Rebelde”, popularizada por Jeannette, confirma que el universo solista de Santiago no reniega del kitsch ni del melodrama; al contrario, los abraza con ironía y ternura.

La diferencia entre el Santiago solista y el líder de El Mató es sutil pero evidente. Aquí hay más teatralidad, más comentario entre canciones, más juego con el público. Se permite el humor, el absurdo, incluso el coqueteo con la autoparodia. Donde El Mató construye un relato colectivo y generacional, el proyecto solista parece funcionar como un diario íntimo amplificado.

Con la Stratocaster como escudo, alterna canciones de El Retorno con piezas de Canciones sobre una casa, cuatro amigos y un perro, compuesto para el regreso de la serie Okupas, además de guiños inevitables a El Mató a un Policía Motorizado, la banda que lo convirtió en referencia ineludible del indie latinoamericano.

Un repertorio que respira

El setlist oscila con naturalidad entre la zamba nostálgica (“Muchacha de los Ojos Negros”), la balada confesional (“Mil Derrotas”) y el pulso más eléctrico de “Tanto Tonto”, que recuerda el ADN emocional y guitarrero de El Mató. La dinámica es clara: tensión y distensión, risa y melancolía, pogo y abrazo.

La voz de Santiago, grave y honesta, vuelve a ser el centro gravitacional. No hay virtuosismo impostado: hay verdad. Canta como quien cuenta algo que todavía le duele, pero aprendió a narrarlo con media sonrisa. 

El cierre es una celebración compartida. “La Noche Eterna”, “El Tesoro”, “Diamante Roto” y “Yoni B” desatan el canto colectivo y el pogo inevitable. El espacio reducido y la cercanía al escenario potencian las vibraciones. Como bis inesperado aparece “You’re So Beautiful”, de Billy Preston, interpretada con una intensidad que remite al fraseo rasgado de Joe Cocker.

A las 22 hs, las luces se apagan y la banda se pierde entre el público. Sin épica exagerada, sin artificios. Como si todo hubiera sido una reunión entre amigos.

Entre bastidores

Minutos después del show, ya sin humo ni luces de colores, Santiago recibe con la misma calma con la que cantó. Habla de la gira como de una adicción saludable: “Es un esfuerzo físico y mental enorme, pero cuando estás arriba se activa algo químico. La adrenalina te mantiene feliz. El día libre, en cambio, puede ser más duro que el escenario”.

Sobre la diferencia entre sus dos universos creativos, es claro: con El Mató hay representación colectiva, la síntesis de varias cabezas. Esto lleva a resultados que uno solo no podría alcanzar; como solista, hay introspección y riesgo. “Con la banda siento que hablo en nombre de todos. Solo, puedo experimentar sin pedir permiso. Si me levanto con una idea, la hago. Esa libertad genera algo más ecléctico. Soy muy feliz de poder sostener los dos proyectos en paralelo” añade.

La experiencia de componer para Okupas marcó un punto de inflexión. Trabajar con una narrativa ajena, con escenas y personajes que exigen una atmósfera precisa, lo empujó a explorar géneros que antes le eran lejanos. “Esa limitación funciona como disparador. Después tomo esa semilla y la convierto en una canción propia”.

En cuanto a El Retorno, explica que rescatar aquellas viejas demos fue un acto de cierre y actualización. “Eran ideas que habían quedado suspendidas en el tiempo. Terminarlas fue reencontrarme con quien era, pero también reírme un poco de eso”. La ironía -dice- es una herramienta subestimada: “Las canciones reconocen la melancolía, pero también invitan a reírse de nuestras tragedias. Eso sigue vigente”.

En el subsuelo parisino, esa combinación entre melancolía, humor y carga emocional encontró su hábitat natural. Y confirmó que Santiago Motorizado sigue siendo, ante todo, un narrador sensible de pequeñas épicas cotidianas.

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Texto : Martin Mendilaharzu – Fotos : Maia Mendilaharzu